Lo que significa la kufiyah: historia, símbolo y por qué sigue importando hoy
Hay prendas que se posan sobre el cuerpo. Otras se posan en la sangre. La kufiyah es de estas últimas: de esas cosas que no hace falta explicar a quienes les pertenecen, y que nunca pueden explicarse del todo a quienes no. Ese tejido en blanco y negro, esa caída inconfundible. Aparece en fotografías de hace décadas y en las calles de hoy, y algo en ella nunca cambia. Ni el estampado. Ni su peso. Ni lo que dice en voz baja.
Esto no es una historia de la moda. Es un intento de detenerse en lo que la kufiyah realmente guarda: de dónde vino, en qué se convirtió y por qué sigue importando cuando tantos otros símbolos se han desvanecido en mera decoración.
Antes de ser un símbolo, era simplemente vida
Si miras el origen de la kufiyah, no encontrarás una historia dramática. No hubo ningún decreto. Ningún momento único en que alguien decidiera que esto se convertiría en el tejido de un pueblo. La kufiyah empezó como empiezan casi todas las cosas con sentido: como algo corriente. Un pañuelo para la cabeza usado en todo el mundo árabe, práctico y sin adornos. En Palestina, agricultores y pescadores la llevaban contra el sol. Los pastores la mantenían cerca en las colinas. Era ropa de trabajo. Pertenecía a manos que construían, sembraban y cargaban.
Y quizá sea eso lo que la hace tan poderosa. No se volvió significativa porque la eligieran poetas o políticos. Se volvió significativa porque ya estaba tejida en la vida de quienes trabajaban la tierra; y cuando esas vidas se rompieron, cuando esa tierra fue arrebatada, la kufiyah viajó con ellos. Fue una de las pocas cosas lo bastante ligeras para llevarlas y lo bastante pesadas para significar algo.
Cómo se convirtió en el tejido de un pueblo
Hay un momento en los años treinta al que apuntan los historiadores: la Revuelta Árabe en Palestina, cuando las autoridades británicas intentaron reprimir la resistencia, en parte, señalando a quienes llevaban la kufiyah. La lógica era la identificación: si podías distinguir quién la llevaba, podías controlar quién resistía. Pero ocurrió algo extraordinario. En respuesta, palestinos de todas las clases —comerciantes, habitantes de las ciudades, profesionales— empezaron a llevarla también. Los británicos no podían señalar a nadie porque todos parecían iguales.
Piénsalo un momento. Todo un pueblo vestido igual, no por moda, sino por solidaridad. No como espectáculo, sino como protección. La kufiyah dejó de ser solo una prenda y se convirtió en un acto. Una negativa colectiva y silenciosa a dejar que nadie quedara aislado.
La kufiyah no se convirtió en símbolo de la identidad palestina porque alguien lo diseñara así. Se convirtió en símbolo por lo que la gente hacía mientras la llevaba: estaban ahí, los unos por los otros.
A través de fronteras, a través de generaciones
Para mediados del siglo XX, la kufiyah había viajado con los palestinos al exilio: a los campos de refugiados del Líbano, Jordania, Siria y más allá. Apareció en fotografías de líderes y en las manos de abuelas que la habían llevado consigo a través de fronteras que nunca eligieron cruzar. Se volvió una especie de seña visual: dondequiera que la vieras, sabías que había un palestino cerca. O alguien que estaba de su lado.
En los años sesenta y setenta, cruzó hacia la conciencia global. Activistas de América Latina, Sudáfrica y Europa la llevaron como expresión de una lucha compartida. Apareció en los campus universitarios y en las marchas de protesta. Y aunque parte de esa adopción fue complicada —despojada a veces de su especificidad, aplanada hasta volverse estética—, lo esencial permaneció. La kufiyah seguía apuntando de vuelta a Palestina. Siempre.
Hoy llevan la kufiyah personas que nunca han estado en Palestina. Algunas la llevan con una comprensión profunda. Otras la llevan porque la vieron en algún sitio y les pareció interesante. Y vale la pena detenerse en esa tensión, porque la kufiyah es lo bastante resistente como para sobrevivir al mal uso. Su significado no se diluye. Si acaso, el hecho de que la gente recurra a ella —aunque sea de forma imperfecta— te dice cuánta fuerza sigue teniendo.
Lo que guarda el estampado
La gente pregunta por el estampado. El entramado cruzado, el tejido que recuerda a una red de pesca, las líneas marcadas. Hay interpretaciones: hay quien dice que las líneas representan las rutas comerciales, las redes de pesca de la vida costera palestina, las hojas de olivo que definían el paisaje. Hay verdad en cada una. Pero el estampado también hace algo más sencillo y más profundo: se repite. Una y otra vez. Sin romperse.
Esa repetición es la clave. Es continuidad. Es el lenguaje visual de un pueblo que dice seguimos aquí: puntada tras puntada, generación tras generación. Puedes doblarla, estirarla, llevarla al otro lado del océano. El estampado no cambia. No le hace falta.
Por qué sigue importando ahora
Hay algo en tomar una kufiyah que te detiene un segundo, si te lo permites. Su peso no es solo físico. Carga duelo, orgullo, rabia, ternura. Todo a la vez. No es cómoda. No tiene por qué serlo. La kufiyah no es comodidad. Es presencia. Dice: esto no se ha olvidado. No se olvidará.
Y por eso sigue importando: no como reliquia ni como recuerdo nostálgico, sino como algo vivo. Cada vez que alguien la lleva, participa en una continuidad más antigua que cualquier conflicto, cualquier titular, cualquier ciclo político. La kufiyah es anterior a las noticias. También las sobrevivirá.
Para los palestinos más jóvenes en especial —los nacidos en la diáspora, los que nunca han pisado la tierra que describen sus abuelos—, la kufiyah es una manera de decir pertenezco a algo. Sin alzar la voz. Sin explicaciones. Solo con ponérsela.
Llevarla con sentido
¿Cómo debería llevarse una kufiyah? Con conciencia. Sabiendo qué te pones. Sabiendo que carga el peso del desarraigo, de la resistencia y de la insistencia de un pueblo en ser visto. No hace falta ser palestino para llevarla. Pero deberías entender qué tienes entre las manos.
Llévala porque significa algo para ti, no porque combine con un conjunto. Llévala como llevarías un apellido: con cuidado.
La kufiyah nunca fue solo un pañuelo. Plegada en su tejido hay una forma de decir aquí estamos: puntada tras puntada, a través de cada frontera por la que fue llevada.
Ese es el hilo que Shawq intenta sostener: no vender el patrimonio, sino mantenerlo cerca —llevado, vivido, transmitido—. Para que el anhelo se siga diciendo en voz alta.
Heritage you can wear.
Shawq carries Palestinian identity into everyday pieces — designed with meaning, made with care.
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